Por Nadia Contreras
Entrar a la FIL Guadalajara es aceptar que nada será en calma. Una piensa que podrá caminar tranquila, pero no: los pasillos se vuelven ríos, la gente te empuja sin querer, los horarios se te vienen encima. ¿A poco no les pasa que creen que van a leer un rato y terminan corriendo porque empezó la presentación que querían escuchar? La FIL es así: caótica, preciosa, imposible de domesticar.
En ese escenario presenté Otras claridades (Buenos Aires Poetry, 2025) el domingo 7 de diciembre, a las 6:30 de la tarde, en el Salón D del Área Internacional. El libro nació en silencio, y por eso me conmovió verlo ahí, rodeado de ruido, de gente hojeando cosas sin saber que mis páginas también querían ser tocadas. No escribí para explicar ni para decorar nada. Escribí para entenderme, como siempre lo he hecho y como sucede en todos mis libros. Escribí para descifrar qué ocurre cuando una mente se afloja, se resquebraja, se avienta al vacío.
Hay homenajes dentro del libro. Para mí, Marie Curie se convierte en figura luminosa porque así es el conocimiento: a veces quema, pero ilumina. También encontrarán a Isaac Newton, Emil Kraepelin, Eugen Bleuler y Santiago Ramón y Cajal. Usé mis vivencias, pero no para quedarme en mí. Lo personal es solo la puerta. ¿De qué sirve escribir si no puede entrar alguien más?
Ava, Liam y esas voces intermitentes no están ahí para contar una historia lineal; están para acompañar esa sensación de extrañeza que todos hemos vivido alguna vez. La locura, en el libro, no es un diagnóstico: yo digo que es un paisaje, y ese paisaje es un territorio movedizo. No hay mapas, solo sombras.
También cuestiono eso que llamamos “normalidad”. ¿Qué es? ¿Quién decidió cuál era la línea recta y cuál la curva peligrosa? La medicina intenta ofrecer respuestas, pero las respuestas nunca han logrado abarcarlo todo. Por eso aparecen hospitales, cuerpos cansados, voces sedadas, memorias desordenadas. La memoria, por ejemplo, se rompe. Se rompe en todos. No hay travesía que no deje huecos.
Una de las cosas que más me costó en el libro es, propiamente, el lenguaje. ¿Cómo es el lenguaje de la locura? Pensé en un lenguaje quebrado, pero también, conforme se avanza, en uno que a ratos suena clínico y a ratos se desordena. Creo que así sucede cuando uno intenta contar algo que no cabe del todo en las palabras. Y por eso, quizá, el título: Otras claridades. En este libro no prometo una luz nítida. Lo que ofrezco es esa chispa que aparece cuando no se ve nada. Esa claridad rara, fugaz, suficiente.
Y mientras veía a la gente de la FIL cargando libros como quien carga una posibilidad, pensé: el libro ya no es mío. Nunca lo fue del todo. Se completa, como sabemos, cuando otros lo leen, lo contradicen, lo piensan, lo sienten.
Esa fue mi claridad de este año en Guadalajara.
Pequeña, fragmentada, pero verdadera.
*Agradezco infinitamente a El Tintero Taller Editorial por hacer posible mi participación en esta feria; a mi editorial, Buenos Aires Poetry, y a Juan Arabia por su acompañamiento y confianza; y a los escritores Ricardo López Ramos y Roberto Zárate, con quienes compartí la mesa de presentación. También guardo una gratitud profunda para Alexandra Moreno, compañera constante en esta aventura donde la vida y la literatura caminan juntas.








