El escritor lagunero Vicente Alfonso regresó a Torreón para presentar La noche de las reinas, su más reciente novela, en una velada que se transformó en mucho más que un lanzamiento editorial.
El silencio del Museo de la Moneda se llenó de palabras firmes cuando Vicente Alfonso tomó la palabra. Había concluido la participación de Adriana Vargas y Óscar Bonilla, y con calma, pero con convicción, afirmó que la escritura va mucho más allá de un oficio: es un acto de resistencia. Lo que inició como la celebración de un libro terminó convertido en una reflexión íntima y colectiva sobre lo que significa escribir en sociedades atravesadas por la lógica de la productividad y el olvido.
Frente a un mundo que mide la vida en términos de productividad, eficacia y entregables, escribir se convierte en un gesto contra la prisa, el olvido y la mirada utilitaria de la sociedad. No se trata solamente de producir libros como si fueran piezas de fábrica, sino de reivindicar la importancia de un oficio que, desde la lógica burocrática, podría parecer prescindible. Alfonso advirtió que, si pensamos únicamente bajo esos parámetros, la existencia de los escritores resulta imposible de justificar, pero si nos colocamos en otra perspectiva (la de la memoria, la imaginación y la confrontación de narrativas), la escritura no solo se vuelve factible, sino necesaria.
“Con cada generación tenemos el derecho de reconstruir nuestro pasado”.
El autor explicó que la literatura permite discutir con el pasado y abrir caminos hacia el futuro. Citó a la socióloga Elizabeth Jelin para subrayar que el pasado nunca está cerrado, sino que siempre se encuentra en disputa, y que cada generación tiene el derecho a reinterpretarlo. En ese sentido, los escritores participan de una tarea colectiva: rescatar, reordenar y cuestionar las memorias que nos conforman como sociedad. De ahí que la escritura funcione como resistencia, porque desafía los discursos dominantes, revela lo que se pretende ocultar y devuelve la voz a quienes han sido silenciados.
En su charla, Alfonso recordó con humor que a los jóvenes escritores siempre se les pregunta “¿y de qué vas a vivir?”, como si el hecho de escribir fuese un lujo ocioso. Esa pregunta, que parece inocente, es en realidad un síntoma de una sociedad que no logra dimensionar la función de la literatura. Resistir, entonces, es seguir escribiendo a pesar de las dudas externas y las propias, mantener en pie una labor que no se ajusta a los criterios económicos ni a las métricas de éxito inmediatas.
La escritura, insistió, tiene la capacidad de ser un espacio de libertad donde es posible mirar desde ángulos distintos, donde se puede imaginar lo que no existe todavía. Escribir es, de alguna forma, detener la velocidad de un mundo que quiere devorarlo todo, y abrir un tiempo alternativo en el que la reflexión, la memoria y la invención tienen cabida. Enfatizó que esta reflexión adquiere especial relevancia en contextos históricos complejos: así como en Argentina la dictadura de los años setenta silenció voces y borró relatos, en nuestra región también existen motivos de temor, pero al mismo tiempo razones para rescatar historias y memorias que configuran nuestra identidad colectiva.
Alfonso sostuvo que la literatura cumple un papel indispensable en esta labor de memoria. Citó ejemplos concretos de preservación cultural reciente, como “Tolvaneras en el tiempo” de Rosario Ramos, y “Tulitas de Torreón” deTulitas Wulff Jamieson, libros llenos de memoria histórica y relatos que de otro modo quizá no conoceríamos. El escritor se refirió a ellos como “auténticas cápsulas del tiempo que nos permiten tener memoria y, por lo tanto, tener identidad”. Estas obras, explicó, no se limitan a documentar hechos; son ventanas hacia la comprensión de nuestro pasado, un medio para construir sentido sobre quiénes somos y hacia dónde vamos.
Pero el escritor lagunero fue más allá: planteó la literatura como un laboratorio, un espacio donde lo social y lo humano pueden experimentarse y proyectarse. Alfonso se refirió al concepto de “colisionador de ideas”, propuesto por el escritor José Gordon en colaboración con la UNAM, como un modelo para entender cómo la literatura puede generar innovación intelectual. Así, como un colisionador de partículas busca entender los elementos más básicos del universo, un colisionador de ideas permitiría combinar, confrontar y hacer chocar perspectivas, recuerdos, ficciones y pensamientos, generando nuevas formas de conocimiento y comprensión.
Alfonso concluyó que escribir es, en última instancia, un acto de resistencia cultural. No se trata solo de registrar o narrar hechos: es rescatar voces silenciadas, crear identidades colectivas y abrir laboratorios de pensamiento que desafíen la linealidad del tiempo y la rigidez de la historia oficial. Cada palabra, cada historia recuperada, se convierte en un instrumento que permite entender el pasado, habitar el presente y soñar futuros posibles. La literatura, en sus palabras, es así un terreno donde memoria, imaginación y conciencia se encuentran, colisionan y se transforman.







