Saúl Rosales cumple 85 años y así lo celebra la comunidad literaria

Hoy, la ciudad le rinde la palabra a uno de sus maestros: Saúl Rosales Carrillo cumple 85 años y Torreón lo homenajea. No es un dato menor: cumplir años cuando la vida te ha hecho taller, tipografía, aula y biblioteca, significa haber tejido generaciones enteras con un hilo de tinta y paciencia. Rosales no es solo un nombre en el mapa literario de La Laguna; es quien, con oficio y delicadeza, ayudó a profesionalizar la práctica de escribir en la región y a convertir la modestia de un taller en un acto público de formación.

Nacido en 1940 en Torreón, la trayectoria de Rosales se lee como un manual de persistencia: linotipista en su juventud, militar por un tiempo, luego reportero, corrector, editor y profesor universitario. Ese polvillo de oficios —el tipo que conoce la materia prima del libro: la letra, la prensa, la corrección— le dio a su escritura un sabor de artesano. Fue, además, pieza clave en la creación y coordinación de talleres como Botella al Mar, que durante años funcionaron como viveros para voces nuevas en la región. No es casualidad que la Academia Mexicana de la Lengua lo nombrara miembro correspondiente: su nombre lleva la marca de quien cuidado y contagió la palabra pública.

¿Qué celebramos hoy cuando festejamos a Rosales? Celebramos una mezcla rara: la modestia del pedagogo y la honestidad del escritor. Quienes lo conocen destacan que su obra narrativa y poética no busca exhibiciones grandilocuentes; prefiere el pulso de la historia cercana, el retrato preciso, la voz que sabe ver lo que otros pasan por alto.

La lista de reconocimientos, desde distinciones locales como Ciudadano Distinguido a apoyos estatales y medallas universitarias, no se limita a ser un catálogo de premios; es el reflejo de una carrera dedicada a enseñar y a sostener espacios culturales. En años recientes lo vimos recibir homenajes en ferias del libro y en encuentros regionales, donde su figura aparece con la misma naturalidad con la que escribe: sin aspavientos, con un profesionalismo que inspira confianza. Esa misma fama de “maestro” se traduce en las generaciones que pasaron por sus cursos, muchas de las cuales hoy ocupan mesas de redacción, aulas y editoriales.

Pero un homenaje no debe ser solo un reconocimiento de sus logros: también es una ocasión para leer su obra con la urgencia del ahora. ¿Qué nos dice Rosales en pleno siglo XXI? Nos recuerda el valor del oficio en una época de prisa y de pantallas; nos recuerda que la literatura puede ser puente entre la memoria local y preguntas universales sobre el lenguaje, la identidad y el oficio de narrar. En un país donde se celebra a menudo lo espectacular, su voz nos pide volver al suelo: al hacer, al taller, a la edición paciente. Esa modestia no es servilismo: es ética profesional y, también, estético-política de la escritura.

Hoy, al entrar al recinto del homenaje, conviene escuchar no solo las palabras laudatorias sino las preguntas que la obra de Rosales nos plantea: ¿cómo formar lectores críticos en una región? ¿qué lugar ocupa la memoria colectiva en la escritura local? ¿cómo sostener talleres que no sean meros cursos sino matrices de comunidad literaria? Celebrarlo sin responder estas preguntas sería coserle la marquesina a la nostalgia; honrarlo es, en cambio, asumir su reto: seguir trabajando la palabra con rigor y con cariño.

Termino con una imagen mental: Saúl Rosales en su biblioteca, hojeando, corrigiendo, llamando a un alumno por su nombre. Es la prueba viva de que la literatura se cultiva a ras de tierra. Si hoy lo celebramos, no lo hagamos solo por sus medallas: hagámoslo por el eco de sus talleres y por las voces que, gracias a él, aprendieron a leer y a decir. Eso, más que cualquier diploma, es la obra que perdura.

Scroll al inicio